Podemos decir que hay dos grandes tipos de alcohol: el destilado y el fermentado.
Las bebidas fermentadas se fabrican mediante la fermentación, donde se logra que un microorganismo transforme el azúcar en alcohol gracias a la ausencia de oxígeno. Así sólo se pueden obtener bebidas con un contenido de alcohol bajo (unos 14 grados). Este proceso es relativamente simple si el sustrato a fermentar es el jugo de una fruta, pero cuando el sustrato es almidón (cebada, arroz y maíz), los microorganismos son incapaces de fermentarlos directamente, entonces se tendrá que transformar químicamente en azúcar mediante la sacarificación. Una vez lograda ésta, podrá ser sometido al proceso de fermentación.
A través del proceso de fermentación alcohólica se pueden obtener productos tales como el vino, la cerveza o el Sake japonés.
Las bebidas destiladas requieren un proceso de concentración del alcohol después de la fermentación. La destilación consiste en la evaporación de las sustancias más volátiles y su recuperación más tarde. Con esto el agua y otras materias pesadas quedan como residuo descartable. Opcionalmente se pueden dejar estos productos envejecer para finar el sabor. Se obtienen así productos como el whisky, el ron, el vodka, la ginebra, el aguardiente, el brandy, etc.